Crónica // La magia no hace ruido en San Cristóbal El Alto

-“¿Pero es en San Juan o la Antigua?”

-“Creo que en San Juan”

-“No sé, yo solo llegaré a la Antigua y veré a dónde vamos”

***

El frío es suficiente como para usar una camiseta, un abrigo encima y empacarme dentro de una jacket gruesa. El termómetro digital anuncia 18º centígrados, para mí son como 8º. La mañana en la capital está teñida por un gris denso que en lugar de alentar la gira programada, invita a considerar una inasistencia. Sin embargo, no hay porqué pensarlo tanto ¿cuántas veces se repetirá una actividad así?

La Antigua, Sacatepéquez. La densidad del gris nos persigue desde la ciudad capital hasta la ciudad colonia. 8:10 a.m.; los fantasmas festivos de un viernes por la noche se pueden vislumbrar en el Parque Central: grupos de jóvenes adormilados en las bancas. La ciudad despide un sentimiento de desolación aderezado por el frío del municipio. Un cigarro que enciendo con la mano derecha.

-“¿A dónde es que vamos?”

-“San Cristóbal El Alto. El periodista se va ir conmigo, ustedes sígannos.” Anunció Alejandra.

El olor del humo de cigarro se siente en la camioneta que no da más espacio para que entre otra persona. El calor se siente en el vehículo, mi jacket va a dar al suelo del asiento trasero. Somos 5 personas dentro, nos agita la calle de piedra milenial. En la vuelta menos esperada vemos el letrero compuesto por azulejos con una caligrafía hecha a mano: Bienvenidos a San Cristóbal El Alto.

Después de 10 minutos de turbulencia vial, se logra respirar porque las ventanas ya han sido abiertas. Podemos entrever debido a la velocidad, un restaurante, perros callejeros, niños y muchas plantas que adornan los inocentes porches de San Cristóbal.

A Julio Sicán parece que no se le va ningún detalle. Lo más interesante de su presencia es irónicamente, la manera en la que puede pasar desapercibido. Existiendo como filósofo, reportero para medios como Prensa Libre y agente multitarea del medio comunitario Proceso; Sicán nos da la bienvenida a la comunidad de San Cristóbal para hablar precisamente de ¡comunidad!

 

Aunque no se haya formado como periodista, la vida ha puesto a Julio en un vaivén de noticias y se ha desempeñado como periodista radial en El Salvador por más de cinco años y actualmente realiza labores de reportaje, fotografía y edición en el periódico mensual Proceso (enfocado en la comunidad de Sacatepéquez). ¿Su arma clave? La libreta (tal y como lo recomendaba García Márquez) y la tecnología de su celular inteligente.

Sentados en un salón al aire libre y rodeados por una innumerable cantidad de vegetativas, los cantos de un gallo y el frío que se asoma por ratos escuchamos la voz del periodismo comunitario guatemalteco en palabras de Julio. Desde la experiencia de Sicán, el periodismo comunitario ha sido para él “peligroso, riesgoso, pero bello”. Mientras llegan los desayunos y el frío sigue variando, el periodista nos cuenta de Proceso como un periódico que ha ido acaparando el interés de los medios nacionales debido a la cobertura minuciosa e innovadora en el sector de Sacatepéquez.

La finalidad del periodismo comunitario, como Alejandra y Julio nos indican mientras sus cafés son puestos sobre la mesa, es vivir la realidad y acercarnos a las comunidades de las que usualmente no tenemos noticias. Para hacer de un hecho algo relevante, se debe poseer olfato periodístico para saber que ahí hay potencial para una noticia; comparte el filósofo convertido en periodista.

El lugar en el que nos encontramos se llama Los Pacayales de Doña Angela y funciona como restaurante y salón de reuniones. Francisca Elizabeth Pérez, o solo “Betty”, labora en ese lugar que su esposo heredó de su abuela postiza, doña Angela; y que según nos cuentan ha sido un punto clave para el nacimiento de la Cooperativa Senderos del Alto.

Con cariño y doña Betty nos relata, mientras el gallo insiste en escucharse al fondo, la historia de cómo obtuvieron el lugar en el que nos encontramos, de cómo trabajaron la jardinización hasta convertirlo en el pequeño monumento de turismo alternativo que es hoy. Las palabras de Elizabeth contienen sinceridad que han sido empañadas por compañerismo que ella, su esposo y sus hermanos de la comunidad han forjado durante cinco años, desde que la cooperativa empezó.

Para conocer más de la comunidad y de los hechos que han forjado la cooperativa, nos dirigimos a caminar por los 300 metros de adoquines. Se pueden contar unas 4 tiendas en el camino que da hasta el hotel Xicaya donde conocimos a Verónica Ortega. Ortega decidió junto con su esposo Inocencio mudarse a San Cristóbal para alejarse del trajín de la ciudad y terminaron creando su casa de huéspedes que anualmente recibe visitas de habitantes de Noruega, Finlandia, Suiza y más.  

Con su hotel, la familia Ortega ha aportado un crecimiento turístico en el sector y con ello han aumentado los ingresos para así empujar la cooperativa a realizar más sueños de los habitantes del poblado. Tal es el ejemplo de Don Laureano, un artista de la madera que trabaja en su taller haciendo trompos y figuras decorativas. Don Laureano desde su taller aporta a la comunidad vendiendo sus figuras que atraen a los curiosos que se asoman por ahí.

En general, San Cristóbal resguarda una magia silenciosa que necesariamente debería ser compartida por muchos guatemaltecos. Al concluir la jornada, zapatos llenos de polvo, libreta rayada de apuntes y admiración es lo que me sobra.                   

                            

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